LOS INTELECTUALES Y DIOS

UN TEMA APARTE: POR FAVOR, BUSQUEN Y LEAN  LAS SENTENCIAS:

C- 087 DE 1998. LIBERTAD DE PROFESIÓN U OFICIO-FACULTAD DEL LEGISLADOR PARA EXIGIR TÍTULO ACADÉMICO. 

C-221 DE MAYO 5 DE 1994, CORTE CONSTITUCIONAL, SALA PLENA; CONSUMO DE ESTUPEFACIENTES NO ES INFRACCIÓN PENAL.  

AHORA SÍ:

LOS INTELECTUALES Y DIOS


Ambientando el tema soporte de discusión de la próxima clase, leamos esta pagina de la Revista Semana donde...

A raíz de la carta enviada por el profesor católico Felipe Cárdenas al periódico 'El Espectador', en la que —a propósito de una columna de Juan Gabriel Vásquez— cuestionaba la facilidad con la que los columnistas del periódico se iban lanza en ristre contra la Iglesia Católica, 'Arcadia' le preguntó a nueve importantes intelectuales y escritores del país si no sienten una pizca de desdén intelectual cuando descubren que su interlocutor es creyente. Esto es lo que respondieron.


Ángela Uribe Botero
Doctora en Filosofía, investigadora y profesora de la Universidad Nacional de Colombia.
En principio, no. Solamente el hecho de que quien habla conmigo crea en Dios no me parece, en sí mismo, perturbador. Lo que puede resultar un obstáculo para que la conversación continúe es su insistencia, o, debo decirlo, la mía, en convertir nuestras creencias en lo único que está en juego en la conversación. En esas condiciones, la figura del interlocutor tiende a desaparecer; es decir, la relación entre los que hablan pasa a configurarse, más bien, como una relación entre dos que prueban fuerzas. “Gana”, entonces, quien consigue imponer sobre el otro aquello a lo cual se aferra y que, para llamarlo de algún modo, designa como sus “creencias”. En este tipo de torneos lo que normalmente ocurre es que nadie gana realmente; los dos terminan perdiendo.
Roberto Palacio
Filósofo, profesor universitario y escritor.
Cómo me gustaría haber llegado a ese momento en mi vida —mi esposa me lo reprocha con desdén— en el que pueda, como quien dice, pelar la cáscara negra de mis semejantes y dejar la pulpa. Pero no puedo, cuando alguien deja caer la Biblia o a Dios o me saluda con una bendición, la conversación toma otro sabor y ya no puedo hacer eso que disfruto con el recién conocido: incluirlo en una suerte de hermandad cómplice. La charla se acaba del todo cuando siento que se me intenta evangelizar: yo no he intentado jamás “convertir” a nadie al ateísmo, simplemente porque no hay nada a lo cual convertir y porque deploro al converso. ¿Por qué todo cambia? Me imagino que los prejuicios juegan un papel preponderante. El mío es este: las creencias no son islas; quien cree en un misterio de base tiene al fin y al cabo todo resuelto y todo dilema real se vuelve una especie de ingeniería para saber si un tema o un acto se adecúan a una doctrina o a un pasaje bíblico. El creyente hace algo que entiendo como contrario a indagar: su estructura de sentido es la creencia, ve creencia en todas partes. Quien no cree encuentra y elabora el sentido en otras modalidades de pensamiento y sensibilidad porque sabe que lo único con lo que cuenta es con sus semejantes y está en este mundo.
Alexis de Greiff A.
Sociólogo e historiador de la ciencia. Centro de Estudios Sociales de la Universidad Nacional de Colombia.
Cuando estudié física aprendí que ciencia y religión eran enemigas y que la ciencia también tenía mártires. En el adoctrinamiento intelectual para volverse científico, me mostraron una Iglesia ignorante y dogmática y un Galileo “moderno”, bueno y, sobre todo, víctima. También aprendí que la Iglesia no estaba cerca al poder, sino que era el poder. Los físicos de izquierda teníamos que ser agnósticos o ateos. Así los creyentes se volvieron individuos sospechosos: brutos, “fachos”, o las dos.
El oficio de historiador de la ciencia y la tecnología me pobló la paleta de colores. Apareció un Galileo devoto católico y una ciencia que había nacido en el seno de las prácticas religiosas: para Newton un mundo sin Dios no habría tenido sentido estudiarlo. La física solo servía para leer la mente de Dios. Los científicos ateos son una invención reciente. Por otro lado, mi generación lloró a monseñor Romero. Sigo pensando que la Iglesia Católica es retrógrada y temible, pero también que los creyentes pueden ser magníficos interlocutores y amigos a pesar de la institución que los dice representar.
Héctor Abad Faciolince
Escritor y columnista de El Espectador.
Uno puede sentir algo de desdén intelectual por alguien que cree en los ovnis. La idea de Dios, en cambio, es más refinada y ha ejercido gran fascinación en algunas de las mentes más portentosas de la humanidad, desde Platón, hasta llegar a Aquino, Newton y Pascal. Sentir desdén por ellos es un poco difícil.
En mi caso particular, si despreciara a quienes creen en Dios tendría que empezar por despreciar a mi madre, a mis hermanas y a mi mujer. También me resulta difícil desdeñarlas a ellas. Los ateos somos una minoría y más bien hemos sido nosotros quienes nos hemos tenido que enfrentar al desdén de los creyentes. En general, los creyentes se consideran mejores que los ateos. Piensan que Dios los prefiere por el solo hecho de que creen en él. Siendo la idea de Dios una cosa tan grande, creer que Él los prefiere por venerarlo me parece digno de monarcas vanidosos, y no de un Dios bondadoso.
Lo que sí siento es un gran repudio intelectual por los fanáticos, los cuales no me inspiran desdén, sino miedo. Cuando una persona poderosa intenta imponer sus creencias religiosas a todos los ciudadanos, lo que me evoca es el odio por la libertad de los regímenes teocráticos totalitarios.
Tatiana Acevedo
Antropóloga y columnista de El Espectador.
Tenía siete años cuando un cura me regañó públicamente por no comulgar lo suficientemente rápido. “¡Abra la boca, niña estúpida!” me gritó, y minutos después, mientras masticaba la hostia arrodillada frente a Jesucristo, pensé que no debía volver a confiar en la Iglesia. Once años en un colegio “orientado” por el Opus Dei reafirmaron mi credo. E igual, a través de todo este tiempo rodeada de creyentes aprendí lo obvio: que las generalizaciones son aburridas, la vida te da sorpresas y la gente tiene matices, contradicciones, secretos, tics. Que algo va de monseñor Builes a Camilo Torres, de Escrivá de Balaguer a José María Arizmendiarrieta. Que se puede creer en Dios sin perder necesariamente la curiosidad, el entusiasmo por hacer preguntas. No siento ningún desdén intelectual cuando me entero de que mi interlocutor cree en Dios, como tampoco me preparo para oír la verdad de parte de los ateos.
Ricardo Silva Romero
Escritor y columnista de El Tiempo.
No. Porque yo creo en todo “por si acaso”. Siempre que alguien recuerda que el físico Niels Bohr tenía una herradura colgada en la puerta “pues me han dicho que dan suerte incluso a los que no creen en ellas”, cada vez que alguien pone a Albert Einstein a repetir su “Dios no juega a los dados con el universo”, pienso que es mejor creer que no creer: que imaginar a un Dios, como un silencio que envuelve a cada quien a su manera y un horizonte en donde la voluntad encara y negocia el destino, sigue siendo inevitable para mí. Dios es, para mí, una sospecha secreta que viene de la infancia. Y a veces se me ocurre que me dedico a escribir ficciones, palabras más, palabras menos al oficio de lograr que las cosas pasen por algo y para algo, porque me sigue empujando esa intuición. Confieso, eso sí, que no me siento cómodo con el interlocutor que le hace propaganda a Dios como a un candidato presidencial con un programa de gobierno plagado de promesas irrealizables. Confieso que entonces soy ateo. Y, para bien y para mal, miro de reojo.
Margarita Valencia
Crítica literaria y editora.
La fe asumida con seriedad y vivida con coherencia me da mucha envidia. La fe esgrimida como un arma cortopunzante me da mucha rabia. La fe erigida como un muro de Adriano para apartarme y silenciarme me genera un profundo desdén.
Lo que trato de decir es que el debate nunca es posible cuando las personas utilizan sus creencias para construir un sistema de prejuicios que responde automáticamente a todos los interrogantes. En este caso no hay interlocución sino enjuiciamiento disfrazado de clasificación.
Por otra parte, muchos creyentes (en Dios, o en el capitalismo salvaje, o en el poder del pensamiento positivo) tienden a asumir que su fe es universal. Y esta asunción suele dar origen a la inquina a la que se refiere la pregunta: no se toleran con facilidad las grietas en un sistema que uno quisiera sólido y a prueba de opiniones divergentes.
 El debate solo es posible entre quienes saben cómo son y quieren saber genuinamente cómo son los demás.
Fabián Sanabria
Antropólogo y doctor en Sociología. Director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia.
Para ser intelectual no se requiere ser ateo ni fanático. El problema con Dios es que el bendito sea proclamado por un hijo de vecino, con mayúscula. ¿Por qué esto? Porque cuando así se profesa nos estrellamos con los lamentables muros de la “Verdad” que un pobre diablo llamado “creyente” pretende imponerle a todo el mundo, y un libre pensador no puede aceptar esa suerte de “propiedad privada”. A lo sumo, se es veraz o algo es verosímil, pero la Verdad no es más que un juego de luchas. En ese sentido, molesta que alguien se abrogue el “derecho” de proclamar: “Así lo quiere Dios” o “si Dios quiere” pues, en este mundo tan descuadernado, si así fuera, Dios sería un verdugo. Cosa distinta ocurre cuando se habla de dioses o de que todo está contenido en Dios. Resulta muy grato ser politeísta o panteísta, constatar que al mar no se puede ir desnudo pero se debe entrar en él desvestido, descubrir en un felino a la divinidad o intuir que “lo sagrado” también se esconde entre la mierda. De lo contrario, la mierda sería superior a Dios.

Así como que fue la cosa:

ENTREVISTA TESTIGO 1 (Cercano a la ventana)

Mi nombre es Juan González, tengo 26 años y soy ciudadano de Cartagena. Me dedico a la docencia hace cuatro años.
El día 17 de junio de 1903 me encontraba en la plaza bolívar con motivo de dirigirme a un restaurante a almorzar con un amigo que me estaba esperando.
Fue aproximadamente a las 11 de la mañana que pasaba frente a la casa del señor Miguel Morales, como era habitual quise observar la ventana de la habitación del señor Miguel, para que en el caso que estuviera allí saludarlo, pues es conocido mío. En ese instante escuché un gran estruendo y vi una pequeña cantidad de humo salir de la ventana del señor Miguel.
Después observé que la gente corría, y algunas se tiraban al suelo, y gritaban “un disparo, un disparo”, entonces procedí a buscar refugio, para protegerme.


ENTREVISTA TESTIGO 2 (Cercano al Parroco)

Mi nombre es Rogelio morados, tengo 41, años soy oriundo de barranquilla pero vivo en Cartagena hace 10 años. Me dedico a vender limonada en la plaza central del pueblo. El 17 de junio de 1903,  más o menos a las 11 y 30, ya que tenía de referencia  las campanadas de la iglesia, escuché un estruendo muy fuerte producido por un arma de fuego; en ese instante  el señor cura se desplomo junto a mi puesto de limonadas. Inmediatamente levanté la mirada y observé que desde la ventana de la casa del señor Miguel Morales  sobresalía un arma de fuego; pero no pude distinguir quien era la persona que estaba allí y procedí inmediatamente a ayudar al señor cura. El caos fue terrible…..




AQUÍ PASO LA COSA ESA TARDE DE VERANO
CORTESÍA DE CLAUDITA TOSCANO









Plan del texto

Ahorrar y  distribuir el tiempo de que se dispone


 Toda exposición debe comenzar con un texto, grande o pequeño según sea la situación y la necesidad.

La mayoría de las personas, incluso algunos abogados recientes, creen que la redacción de un texto, cualquiera que éste sea, se limita exclusivamente a la tarea de escribirlo, el mero ejercicio de poner, de emborronar y restregar las palabras en el papel o en la pantalla del computador, y ya (como siempre terminaba una entrevista el ciclista santiago Botero: y ya). Sin embargo, un buen redactor sabe que esto no es así, y el buen orador debe ser también un buen redactor. Esta errónea creencia podría llevar a que el texto resulte desarticulado, incoherente, sin un hilo conductor que se convirtiera en su columna vertebral, a caer en imprecisiones, a una débil exposición de las ideas, en fin, a un texto inconsistente, y por tanto, un discurso lleno de las babas de la improvisación. 

Imagínense que los llaman a un programa de televisión como consultores jurídicos (me sucedió alguna vez con en el kanal). Entonces se darían cuenta de que realizar un programa abarca tres etapas: preproducción (planificación, evaluación de posibilidades y recursos, análisis del público…), producción (grabación propiamente dicha) y posproducción (edición de la grabación, inclusión de efectos visuales o de música…). Los redactores y expositores profesionales —y no se refiere sólo a los escritores literarios o los pastores religiosos— son conscientes de que su trabajo también pasa por el mismo proceso: preescritura (planificación y estructuración del texto), escritura (hechura  como tal de éste) y postescritura (revisión de contenido y de forma). Posiblemente, varios de ellos lo hagan tan rápido que a los ojos de quienes los observan pareciera que no planificaran, ni estructuraran, ni revisaran. Sin embargo, sí lo hacen, porque están convencidos de que la calidad de su producto depende de ello, que las ventas de la cruz del Gólgota dependen de la presentación que hagan . Piensen en que, lo que ustedes harán como abogados, tiene que ver con libertad, seguridad económica o jurídica, viabilidad administrativa y un largo etcétera de situaciones.

En este capítulo, nos montaremos en el caballito de la planificación del texto (para escritura y oralidad son más o menos lo mismo, solo que en el ultimo se agregan otros factores que  ya hemos tratado...de tratar). Es el punto de partida, es aquí donde se comienza a gestar el acto de la escritura. 

Algunas consideraciones iniciales


·         La fase de planificación es poco conocida. Porque la mayoría cree que la redacción del texto se limita a poner las palabras en la hoja o en la pantalla del computador.


·         Esta etapa es escasamente valorada. Si de por sí la labor de escribir es por muchos subvalorada, dedicar un espacio a su planificación lo es más.


·         Por la razón anterior, se considera que la planificación es una pérdida de tiempo. ¿Para qué desperdiciar unos cuantos minutos en algo insustancial, cuando hay premura por entregar el texto, si a las seis van a cerrar el juzgado? No obstante, planificar sirve para ahorrar y distribuir el tiempo de que se dispone, ayuda a aclarar las ideas, diseñar un mapa con que guiarse. En últimas, permite establecer las características de la redacción.


·         La inspiración no es un requisito para escribir, no es cuestión de musas (ni menos de las otras). Ni siquiera es tan determinante para los escritores literarios. Truman Capote — uno de los más importantes escritores norteamericanos del siglo XX  afirmaba que la labor de un escritor consiste en cinco por ciento de inspiración y noventa y cinco por ciento de transpiración, es decir: la creatividad ocupa una mínima parte, mientras que el resto es trabajar y trabajar el texto (dos veces, para que no se confunda con frase de político). Escribir es un oficio como cualquier otro. Obviamente precisa de aprenderlo, practicarlo, perfeccionarlo, hacerlo propio.


·         El tiempo de que se dispone para escribir un texto casi siempre suele ser limitado. Pocos gozan de la posibilidad de contar con varios días o semanas para escribir. Y si se tiene en cuenta que hay otras actividades cotidianas por realizar, el tiempo restante resulta siendo más corto que el que se había supuesto. Además, bastante o escaso, con frecuencia también se hace mal uso de ese tiempo. Se deja para último momento la elaboración del texto, no se prevén la etapa de revisión o la de estructuración… No obstante, lo cierto es que distribuir el tiempo no es trabajar más, sino trabajar mejor.

Características de la redacción


Al emprender la tarea de redacción, es necesario establecer cuáles son las características del texto que se escribirá. No basta con conocer qué tema se va a tratar; se deben explorar otros aspectos que aclararán aún más el panorama. Tales aspectos son:

·        Destinatario

·        Finalidad  y objeto del escrito

·        Género textual

·        Papel de quien escribe

·        Extensión del escrito

·        Criterios de evaluación

 El destinatario

Es necesario determinar...

·         ... quién es. Seguramente, se sepa el nombre y el cargo de quien recibirá el texto. Pero se debe ir más allá: se debe procurar identificar sus rasgos sicológicos, su estilo de trabajo, etcétera. En otras palabras, y utilizando un concepto del mundo de la publicidad, se debe elaborar un perfil del consumidor, o un perfil del lector de nuestro texto. Claro está, en la medida de las posibilidades, pues en ocasiones es casi imposible hallar esta información. Sin embargo, entre tenerla y no tenerla, es más ventajoso lo primero.


·         ... por qué lo requiere. Siempre hay razones para solicitar o necesitar un documento, un informe, una carta. Algo se quiere o se necesita conocer. Si partimos del hecho de que escribimos para informar sobre algo, es porque tal información se necesita por alguna razón. Entonces es preciso establecer dicho motivo. Si se trata de la labor de convencimiento a un funcionario, con mayor razón debemos tenerlo más claro que el café de termo que venden en la terminal de transporte.


·         ... para qué lo empleará. Aunque parece lo mismo que el punto anterior, no lo es. Una cosa son las causas y otra, las finalidades. Por un lado, deseo dar a conocer cómo un problema afecta a una comunidad y, por el otro, el deseo es buscar ayuda para resolverlo. O un gerente solicita un informe respecto de equis situación, porque quiere saber qué ha sucedido, cómo se ha desarrollado, con el fin de (la finalidad) diseñar alternativas de solución. A veces, nada más que para poder viajar antes de que lo capturen, pero eso es otro tema.

Finalidad del escrito

 ·         Tenga claro qué se busca. Este punto está, obviamente, relacionado con el destinatario. Quizá puede ser ofrecer un producto de su oficina de abogados, o dar a conocer la evaluación de una situación para tomar alguna decisión, o solicitar un servicio, plantear una posición respecto de una problemática… Las finalidades son diversas, y están siempre presentes cuando se escribe.

·         Un texto puede tener uno o varios objetivos. Pero cuando son varios, habrá uno más relevante que los demás. Es preciso, entonces, determinar cuál es y, ante todo, no perderlo de vista durante todo el proceso, pues es el norte que marca el rumbo. Tenerlo claro es saber adónde se desea llegar; ignorarlo, tanto como salir de paseo sin un destino preciso.


 Género textual

·         Se debe establecer cuál se empleará, cuál se adapta mejor a lo que se busca. Para ello es menester conocer cuáles son los parámetros del género: no es lo mismo redactar un memorando que una carta, o un acta que un informe, o un artículo informativo que un ensayo. Cada uno tiene características particulares, formas de organización y presentación distintas. Por ejemplo, un acta describe, cuenta; un informe analiza, prevé consecuencias.

  

Papel de quién escribe


·         En la labor de redacción, quien la realiza asumirá siempre una posición: o bien una de carácter objetivo, o bien una subjetiva. No son excluyentes entre ellas, pues pueden estar presentes al mismo tiempo. Verbigracia, un acta describe lo sucedido en una situación o en una reunión; en ella prima la objetividad, que lo escrito sea lo más fiel a los hechos. En una columna  periodística de opinión, por el contrario, lo que importa es dar a conocer un punto de vista personal, sin importar —la mayoría de las veces— con qué argumento se cuenta. Mientras que en un ensayo académico, se expone una perspectiva personal, pero basándose en un análisis concienzudo de equis problemática.

·         La finalidad y el género del texto se constituyen para quien escribe en indicativos de cuál es la perspectiva que deberá asumir ante el texto. El reconocerlo le evitará tomar caminos demasiado difíciles de transitar o que tal vez no lo conduzcan a dónde quiera.

 Extensión del escrito

·         Además de los aspectos descritos, existen otros que determinan la extensión del texto. En cuanto a quien escribe, se debe contar con su disponibilidad de tiempo —pues habrán siempre otras actividades por realizar— y con su capacidad y rapidez para escribir —no todos disponen de las mismas competencias—.

·         Respecto del destinatario, como se indicó en su momento, se tendrá en cuenta para cuándo lo necesita, qué tanta información requiere en función de sus intereses y, aunque parezca superfluo, qué personalidad tiene, pues un individuo puede ser muy analítico y sereno o demasiado creativo y ansioso; este último quizá no soportaría leer un documento extenso, mientras que aquel, sí.

 

 Criterios de evaluación

 ·         Si el destinatario de un texto es un profesor, y en especial uno de escritura o redacción (mirá que coincidencia), quien lo elabora sabe con certeza que será evaluado. Es verdad que otro tipo de destinatario no lee un documento con la intención de dar un veredicto acerca de éste; lo que busca es enterarse de algo. Sin embargo, consciente o inconscientemente, siempre evalúa su calidad. Si la información no es comprensible, o no está debidamente organizada, o trata aspectos poco relevantes en relación con el tema previsto, o presenta errores gramaticales, de acentuación u ortográficos, su percepción será negativa, tal vez muy, muy negativa.

·         Habrá destinatarios más exigentes que otros, pero generalmente es difícil establecer quién lo es o quién no. Por consiguiente, lo mejor es considerar que el lector será un juez implacable del texto, que no dejará pasar ni el más mínimo error. Y es mejor así, porque el problema no radica sólo en que la percepción del documento sea negativa, sino que está en juego también la imagen de quien lo escribe.