Plan del texto
Ahorrar y distribuir el tiempo de que se dispone
Toda exposición debe comenzar con un texto, grande o pequeño según sea la situación y la necesidad.
La mayoría de las personas, incluso algunos abogados recientes, creen que la redacción de un texto, cualquiera que éste sea, se limita exclusivamente a la tarea de escribirlo, el mero ejercicio de poner, de emborronar y restregar las palabras en el papel o en la pantalla del computador, y ya (como siempre terminaba una entrevista el ciclista santiago Botero: y ya). Sin embargo, un buen redactor sabe que esto no es así, y el buen orador debe ser también un buen redactor. Esta errónea creencia podría llevar a que el texto resulte desarticulado, incoherente, sin un hilo conductor que se convirtiera en su columna vertebral, a caer en imprecisiones, a una débil exposición de las ideas, en fin, a un texto inconsistente, y por tanto, un discurso lleno de las babas de la improvisación.
Imagínense que los llaman a un programa de televisión como consultores jurídicos (me sucedió alguna vez con en el kanal). Entonces se darían cuenta de que realizar un programa abarca tres etapas: preproducción (planificación, evaluación de posibilidades y recursos, análisis del público…), producción (grabación propiamente dicha) y posproducción (edición de la grabación, inclusión de efectos visuales o de música…). Los redactores y expositores profesionales —y no se refiere sólo a los escritores literarios o los pastores religiosos— son conscientes de que su trabajo también pasa por el mismo proceso: preescritura (planificación y estructuración del texto), escritura (hechura como tal de éste) y postescritura (revisión de contenido y de forma). Posiblemente, varios de ellos lo hagan tan rápido que a los ojos de quienes los observan pareciera que no planificaran, ni estructuraran, ni revisaran. Sin embargo, sí lo hacen, porque están convencidos de que la calidad de su producto depende de ello, que las ventas de la cruz del Gólgota dependen de la presentación que hagan . Piensen en que, lo que ustedes harán como abogados, tiene que ver con libertad, seguridad económica o jurídica, viabilidad administrativa y un largo etcétera de situaciones.
En este capítulo, nos montaremos en el caballito de la planificación del texto (para escritura y oralidad son más o menos lo mismo, solo que en el ultimo se agregan otros factores que ya hemos tratado...de tratar). Es el punto de partida, es aquí donde se comienza a gestar el acto de la escritura.
Algunas consideraciones iniciales
· La fase de planificación es poco conocida. Porque la mayoría cree que la redacción del texto se limita a poner las palabras en la hoja o en la pantalla del computador.
· Esta etapa es escasamente valorada. Si de por sí la labor de escribir es por muchos subvalorada, dedicar un espacio a su planificación lo es más.
· Por la razón anterior, se considera que la planificación es una pérdida de tiempo. ¿Para qué desperdiciar unos cuantos minutos en algo insustancial, cuando hay premura por entregar el texto, si a las seis van a cerrar el juzgado? No obstante, planificar sirve para ahorrar y distribuir el tiempo de que se dispone, ayuda a aclarar las ideas, diseñar un mapa con que guiarse. En últimas, permite establecer las características de la redacción.
· La inspiración no es un requisito para escribir, no es cuestión de musas (ni menos de las otras). Ni siquiera es tan determinante para los escritores literarios. Truman Capote — uno de los más importantes escritores norteamericanos del siglo XX — afirmaba que la labor de un escritor consiste en cinco por ciento de inspiración y noventa y cinco por ciento de transpiración, es decir: la creatividad ocupa una mínima parte, mientras que el resto es trabajar y trabajar el texto (dos veces, para que no se confunda con frase de político). Escribir es un oficio como cualquier otro. Obviamente precisa de aprenderlo, practicarlo, perfeccionarlo, hacerlo propio.
· El tiempo de que se dispone para escribir un texto casi siempre suele ser limitado. Pocos gozan de la posibilidad de contar con varios días o semanas para escribir. Y si se tiene en cuenta que hay otras actividades cotidianas por realizar, el tiempo restante resulta siendo más corto que el que se había supuesto. Además, bastante o escaso, con frecuencia también se hace mal uso de ese tiempo. Se deja para último momento la elaboración del texto, no se prevén la etapa de revisión o la de estructuración… No obstante, lo cierto es que distribuir el tiempo no es trabajar más, sino trabajar mejor.
Características de la redacción
Al emprender la tarea de redacción, es necesario establecer cuáles son las características del texto que se escribirá. No basta con conocer qué tema se va a tratar; se deben explorar otros aspectos que aclararán aún más el panorama. Tales aspectos son:
· Destinatario
· Finalidad y objeto del escrito
· Género textual
· Papel de quien escribe
· Extensión del escrito
· Criterios de evaluación
El destinatario
Es necesario determinar...
· ... quién es. Seguramente, se sepa el nombre y el cargo de quien recibirá el texto. Pero se debe ir más allá: se debe procurar identificar sus rasgos sicológicos, su estilo de trabajo, etcétera. En otras palabras, y utilizando un concepto del mundo de la publicidad, se debe elaborar un perfil del consumidor, o un perfil del lector de nuestro texto. Claro está, en la medida de las posibilidades, pues en ocasiones es casi imposible hallar esta información. Sin embargo, entre tenerla y no tenerla, es más ventajoso lo primero.
· ... por qué lo requiere. Siempre hay razones para solicitar o necesitar un documento, un informe, una carta. Algo se quiere o se necesita conocer. Si partimos del hecho de que escribimos para informar sobre algo, es porque tal información se necesita por alguna razón. Entonces es preciso establecer dicho motivo. Si se trata de la labor de convencimiento a un funcionario, con mayor razón debemos tenerlo más claro que el café de termo que venden en la terminal de transporte.
· ... para qué lo empleará. Aunque parece lo mismo que el punto anterior, no lo es. Una cosa son las causas y otra, las finalidades. Por un lado, deseo dar a conocer cómo un problema afecta a una comunidad y, por el otro, el deseo es buscar ayuda para resolverlo. O un gerente solicita un informe respecto de equis situación, porque quiere saber qué ha sucedido, cómo se ha desarrollado, con el fin de (la finalidad) diseñar alternativas de solución. A veces, nada más que para poder viajar antes de que lo capturen, pero eso es otro tema.
Finalidad del escrito
· Tenga claro qué se busca. Este punto está, obviamente, relacionado con el destinatario. Quizá puede ser ofrecer un producto de su oficina de abogados, o dar a conocer la evaluación de una situación para tomar alguna decisión, o solicitar un servicio, plantear una posición respecto de una problemática… Las finalidades son diversas, y están siempre presentes cuando se escribe.
· Un texto puede tener uno o varios objetivos. Pero cuando son varios, habrá uno más relevante que los demás. Es preciso, entonces, determinar cuál es y, ante todo, no perderlo de vista durante todo el proceso, pues es el norte que marca el rumbo. Tenerlo claro es saber adónde se desea llegar; ignorarlo, tanto como salir de paseo sin un destino preciso.
Género textual
· Se debe establecer cuál se empleará, cuál se adapta mejor a lo que se busca. Para ello es menester conocer cuáles son los parámetros del género: no es lo mismo redactar un memorando que una carta, o un acta que un informe, o un artículo informativo que un ensayo. Cada uno tiene características particulares, formas de organización y presentación distintas. Por ejemplo, un acta describe, cuenta; un informe analiza, prevé consecuencias.
Papel de quién escribe
· En la labor de redacción, quien la realiza asumirá siempre una posición: o bien una de carácter objetivo, o bien una subjetiva. No son excluyentes entre ellas, pues pueden estar presentes al mismo tiempo. Verbigracia, un acta describe lo sucedido en una situación o en una reunión; en ella prima la objetividad, que lo escrito sea lo más fiel a los hechos. En una columna periodística de opinión, por el contrario, lo que importa es dar a conocer un punto de vista personal, sin importar —la mayoría de las veces— con qué argumento se cuenta. Mientras que en un ensayo académico, se expone una perspectiva personal, pero basándose en un análisis concienzudo de equis problemática.
· La finalidad y el género del texto se constituyen para quien escribe en indicativos de cuál es la perspectiva que deberá asumir ante el texto. El reconocerlo le evitará tomar caminos demasiado difíciles de transitar o que tal vez no lo conduzcan a dónde quiera.
Extensión del escrito
· Además de los aspectos descritos, existen otros que determinan la extensión del texto. En cuanto a quien escribe, se debe contar con su disponibilidad de tiempo —pues habrán siempre otras actividades por realizar— y con su capacidad y rapidez para escribir —no todos disponen de las mismas competencias—.
· Respecto del destinatario, como se indicó en su momento, se tendrá en cuenta para cuándo lo necesita, qué tanta información requiere en función de sus intereses y, aunque parezca superfluo, qué personalidad tiene, pues un individuo puede ser muy analítico y sereno o demasiado creativo y ansioso; este último quizá no soportaría leer un documento extenso, mientras que aquel, sí.
Criterios de evaluación
· Si el destinatario de un texto es un profesor, y en especial uno de escritura o redacción (mirá que coincidencia), quien lo elabora sabe con certeza que será evaluado. Es verdad que otro tipo de destinatario no lee un documento con la intención de dar un veredicto acerca de éste; lo que busca es enterarse de algo. Sin embargo, consciente o inconscientemente, siempre evalúa su calidad. Si la información no es comprensible, o no está debidamente organizada, o trata aspectos poco relevantes en relación con el tema previsto, o presenta errores gramaticales, de acentuación u ortográficos, su percepción será negativa, tal vez muy, muy negativa.
· Habrá destinatarios más exigentes que otros, pero generalmente es difícil establecer quién lo es o quién no. Por consiguiente, lo mejor es considerar que el lector será un juez implacable del texto, que no dejará pasar ni el más mínimo error. Y es mejor así, porque el problema no radica sólo en que la percepción del documento sea negativa, sino que está en juego también la imagen de quien lo escribe.
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