LOS INTELECTUALES Y DIOS

UN TEMA APARTE: POR FAVOR, BUSQUEN Y LEAN  LAS SENTENCIAS:

C- 087 DE 1998. LIBERTAD DE PROFESIÓN U OFICIO-FACULTAD DEL LEGISLADOR PARA EXIGIR TÍTULO ACADÉMICO. 

C-221 DE MAYO 5 DE 1994, CORTE CONSTITUCIONAL, SALA PLENA; CONSUMO DE ESTUPEFACIENTES NO ES INFRACCIÓN PENAL.  

AHORA SÍ:

LOS INTELECTUALES Y DIOS


Ambientando el tema soporte de discusión de la próxima clase, leamos esta pagina de la Revista Semana donde...

A raíz de la carta enviada por el profesor católico Felipe Cárdenas al periódico 'El Espectador', en la que —a propósito de una columna de Juan Gabriel Vásquez— cuestionaba la facilidad con la que los columnistas del periódico se iban lanza en ristre contra la Iglesia Católica, 'Arcadia' le preguntó a nueve importantes intelectuales y escritores del país si no sienten una pizca de desdén intelectual cuando descubren que su interlocutor es creyente. Esto es lo que respondieron.


Ángela Uribe Botero
Doctora en Filosofía, investigadora y profesora de la Universidad Nacional de Colombia.
En principio, no. Solamente el hecho de que quien habla conmigo crea en Dios no me parece, en sí mismo, perturbador. Lo que puede resultar un obstáculo para que la conversación continúe es su insistencia, o, debo decirlo, la mía, en convertir nuestras creencias en lo único que está en juego en la conversación. En esas condiciones, la figura del interlocutor tiende a desaparecer; es decir, la relación entre los que hablan pasa a configurarse, más bien, como una relación entre dos que prueban fuerzas. “Gana”, entonces, quien consigue imponer sobre el otro aquello a lo cual se aferra y que, para llamarlo de algún modo, designa como sus “creencias”. En este tipo de torneos lo que normalmente ocurre es que nadie gana realmente; los dos terminan perdiendo.
Roberto Palacio
Filósofo, profesor universitario y escritor.
Cómo me gustaría haber llegado a ese momento en mi vida —mi esposa me lo reprocha con desdén— en el que pueda, como quien dice, pelar la cáscara negra de mis semejantes y dejar la pulpa. Pero no puedo, cuando alguien deja caer la Biblia o a Dios o me saluda con una bendición, la conversación toma otro sabor y ya no puedo hacer eso que disfruto con el recién conocido: incluirlo en una suerte de hermandad cómplice. La charla se acaba del todo cuando siento que se me intenta evangelizar: yo no he intentado jamás “convertir” a nadie al ateísmo, simplemente porque no hay nada a lo cual convertir y porque deploro al converso. ¿Por qué todo cambia? Me imagino que los prejuicios juegan un papel preponderante. El mío es este: las creencias no son islas; quien cree en un misterio de base tiene al fin y al cabo todo resuelto y todo dilema real se vuelve una especie de ingeniería para saber si un tema o un acto se adecúan a una doctrina o a un pasaje bíblico. El creyente hace algo que entiendo como contrario a indagar: su estructura de sentido es la creencia, ve creencia en todas partes. Quien no cree encuentra y elabora el sentido en otras modalidades de pensamiento y sensibilidad porque sabe que lo único con lo que cuenta es con sus semejantes y está en este mundo.
Alexis de Greiff A.
Sociólogo e historiador de la ciencia. Centro de Estudios Sociales de la Universidad Nacional de Colombia.
Cuando estudié física aprendí que ciencia y religión eran enemigas y que la ciencia también tenía mártires. En el adoctrinamiento intelectual para volverse científico, me mostraron una Iglesia ignorante y dogmática y un Galileo “moderno”, bueno y, sobre todo, víctima. También aprendí que la Iglesia no estaba cerca al poder, sino que era el poder. Los físicos de izquierda teníamos que ser agnósticos o ateos. Así los creyentes se volvieron individuos sospechosos: brutos, “fachos”, o las dos.
El oficio de historiador de la ciencia y la tecnología me pobló la paleta de colores. Apareció un Galileo devoto católico y una ciencia que había nacido en el seno de las prácticas religiosas: para Newton un mundo sin Dios no habría tenido sentido estudiarlo. La física solo servía para leer la mente de Dios. Los científicos ateos son una invención reciente. Por otro lado, mi generación lloró a monseñor Romero. Sigo pensando que la Iglesia Católica es retrógrada y temible, pero también que los creyentes pueden ser magníficos interlocutores y amigos a pesar de la institución que los dice representar.
Héctor Abad Faciolince
Escritor y columnista de El Espectador.
Uno puede sentir algo de desdén intelectual por alguien que cree en los ovnis. La idea de Dios, en cambio, es más refinada y ha ejercido gran fascinación en algunas de las mentes más portentosas de la humanidad, desde Platón, hasta llegar a Aquino, Newton y Pascal. Sentir desdén por ellos es un poco difícil.
En mi caso particular, si despreciara a quienes creen en Dios tendría que empezar por despreciar a mi madre, a mis hermanas y a mi mujer. También me resulta difícil desdeñarlas a ellas. Los ateos somos una minoría y más bien hemos sido nosotros quienes nos hemos tenido que enfrentar al desdén de los creyentes. En general, los creyentes se consideran mejores que los ateos. Piensan que Dios los prefiere por el solo hecho de que creen en él. Siendo la idea de Dios una cosa tan grande, creer que Él los prefiere por venerarlo me parece digno de monarcas vanidosos, y no de un Dios bondadoso.
Lo que sí siento es un gran repudio intelectual por los fanáticos, los cuales no me inspiran desdén, sino miedo. Cuando una persona poderosa intenta imponer sus creencias religiosas a todos los ciudadanos, lo que me evoca es el odio por la libertad de los regímenes teocráticos totalitarios.
Tatiana Acevedo
Antropóloga y columnista de El Espectador.
Tenía siete años cuando un cura me regañó públicamente por no comulgar lo suficientemente rápido. “¡Abra la boca, niña estúpida!” me gritó, y minutos después, mientras masticaba la hostia arrodillada frente a Jesucristo, pensé que no debía volver a confiar en la Iglesia. Once años en un colegio “orientado” por el Opus Dei reafirmaron mi credo. E igual, a través de todo este tiempo rodeada de creyentes aprendí lo obvio: que las generalizaciones son aburridas, la vida te da sorpresas y la gente tiene matices, contradicciones, secretos, tics. Que algo va de monseñor Builes a Camilo Torres, de Escrivá de Balaguer a José María Arizmendiarrieta. Que se puede creer en Dios sin perder necesariamente la curiosidad, el entusiasmo por hacer preguntas. No siento ningún desdén intelectual cuando me entero de que mi interlocutor cree en Dios, como tampoco me preparo para oír la verdad de parte de los ateos.
Ricardo Silva Romero
Escritor y columnista de El Tiempo.
No. Porque yo creo en todo “por si acaso”. Siempre que alguien recuerda que el físico Niels Bohr tenía una herradura colgada en la puerta “pues me han dicho que dan suerte incluso a los que no creen en ellas”, cada vez que alguien pone a Albert Einstein a repetir su “Dios no juega a los dados con el universo”, pienso que es mejor creer que no creer: que imaginar a un Dios, como un silencio que envuelve a cada quien a su manera y un horizonte en donde la voluntad encara y negocia el destino, sigue siendo inevitable para mí. Dios es, para mí, una sospecha secreta que viene de la infancia. Y a veces se me ocurre que me dedico a escribir ficciones, palabras más, palabras menos al oficio de lograr que las cosas pasen por algo y para algo, porque me sigue empujando esa intuición. Confieso, eso sí, que no me siento cómodo con el interlocutor que le hace propaganda a Dios como a un candidato presidencial con un programa de gobierno plagado de promesas irrealizables. Confieso que entonces soy ateo. Y, para bien y para mal, miro de reojo.
Margarita Valencia
Crítica literaria y editora.
La fe asumida con seriedad y vivida con coherencia me da mucha envidia. La fe esgrimida como un arma cortopunzante me da mucha rabia. La fe erigida como un muro de Adriano para apartarme y silenciarme me genera un profundo desdén.
Lo que trato de decir es que el debate nunca es posible cuando las personas utilizan sus creencias para construir un sistema de prejuicios que responde automáticamente a todos los interrogantes. En este caso no hay interlocución sino enjuiciamiento disfrazado de clasificación.
Por otra parte, muchos creyentes (en Dios, o en el capitalismo salvaje, o en el poder del pensamiento positivo) tienden a asumir que su fe es universal. Y esta asunción suele dar origen a la inquina a la que se refiere la pregunta: no se toleran con facilidad las grietas en un sistema que uno quisiera sólido y a prueba de opiniones divergentes.
 El debate solo es posible entre quienes saben cómo son y quieren saber genuinamente cómo son los demás.
Fabián Sanabria
Antropólogo y doctor en Sociología. Director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia.
Para ser intelectual no se requiere ser ateo ni fanático. El problema con Dios es que el bendito sea proclamado por un hijo de vecino, con mayúscula. ¿Por qué esto? Porque cuando así se profesa nos estrellamos con los lamentables muros de la “Verdad” que un pobre diablo llamado “creyente” pretende imponerle a todo el mundo, y un libre pensador no puede aceptar esa suerte de “propiedad privada”. A lo sumo, se es veraz o algo es verosímil, pero la Verdad no es más que un juego de luchas. En ese sentido, molesta que alguien se abrogue el “derecho” de proclamar: “Así lo quiere Dios” o “si Dios quiere” pues, en este mundo tan descuadernado, si así fuera, Dios sería un verdugo. Cosa distinta ocurre cuando se habla de dioses o de que todo está contenido en Dios. Resulta muy grato ser politeísta o panteísta, constatar que al mar no se puede ir desnudo pero se debe entrar en él desvestido, descubrir en un felino a la divinidad o intuir que “lo sagrado” también se esconde entre la mierda. De lo contrario, la mierda sería superior a Dios.

Así como que fue la cosa:

ENTREVISTA TESTIGO 1 (Cercano a la ventana)

Mi nombre es Juan González, tengo 26 años y soy ciudadano de Cartagena. Me dedico a la docencia hace cuatro años.
El día 17 de junio de 1903 me encontraba en la plaza bolívar con motivo de dirigirme a un restaurante a almorzar con un amigo que me estaba esperando.
Fue aproximadamente a las 11 de la mañana que pasaba frente a la casa del señor Miguel Morales, como era habitual quise observar la ventana de la habitación del señor Miguel, para que en el caso que estuviera allí saludarlo, pues es conocido mío. En ese instante escuché un gran estruendo y vi una pequeña cantidad de humo salir de la ventana del señor Miguel.
Después observé que la gente corría, y algunas se tiraban al suelo, y gritaban “un disparo, un disparo”, entonces procedí a buscar refugio, para protegerme.


ENTREVISTA TESTIGO 2 (Cercano al Parroco)

Mi nombre es Rogelio morados, tengo 41, años soy oriundo de barranquilla pero vivo en Cartagena hace 10 años. Me dedico a vender limonada en la plaza central del pueblo. El 17 de junio de 1903,  más o menos a las 11 y 30, ya que tenía de referencia  las campanadas de la iglesia, escuché un estruendo muy fuerte producido por un arma de fuego; en ese instante  el señor cura se desplomo junto a mi puesto de limonadas. Inmediatamente levanté la mirada y observé que desde la ventana de la casa del señor Miguel Morales  sobresalía un arma de fuego; pero no pude distinguir quien era la persona que estaba allí y procedí inmediatamente a ayudar al señor cura. El caos fue terrible…..




AQUÍ PASO LA COSA ESA TARDE DE VERANO
CORTESÍA DE CLAUDITA TOSCANO









Plan del texto

Ahorrar y  distribuir el tiempo de que se dispone


 Toda exposición debe comenzar con un texto, grande o pequeño según sea la situación y la necesidad.

La mayoría de las personas, incluso algunos abogados recientes, creen que la redacción de un texto, cualquiera que éste sea, se limita exclusivamente a la tarea de escribirlo, el mero ejercicio de poner, de emborronar y restregar las palabras en el papel o en la pantalla del computador, y ya (como siempre terminaba una entrevista el ciclista santiago Botero: y ya). Sin embargo, un buen redactor sabe que esto no es así, y el buen orador debe ser también un buen redactor. Esta errónea creencia podría llevar a que el texto resulte desarticulado, incoherente, sin un hilo conductor que se convirtiera en su columna vertebral, a caer en imprecisiones, a una débil exposición de las ideas, en fin, a un texto inconsistente, y por tanto, un discurso lleno de las babas de la improvisación. 

Imagínense que los llaman a un programa de televisión como consultores jurídicos (me sucedió alguna vez con en el kanal). Entonces se darían cuenta de que realizar un programa abarca tres etapas: preproducción (planificación, evaluación de posibilidades y recursos, análisis del público…), producción (grabación propiamente dicha) y posproducción (edición de la grabación, inclusión de efectos visuales o de música…). Los redactores y expositores profesionales —y no se refiere sólo a los escritores literarios o los pastores religiosos— son conscientes de que su trabajo también pasa por el mismo proceso: preescritura (planificación y estructuración del texto), escritura (hechura  como tal de éste) y postescritura (revisión de contenido y de forma). Posiblemente, varios de ellos lo hagan tan rápido que a los ojos de quienes los observan pareciera que no planificaran, ni estructuraran, ni revisaran. Sin embargo, sí lo hacen, porque están convencidos de que la calidad de su producto depende de ello, que las ventas de la cruz del Gólgota dependen de la presentación que hagan . Piensen en que, lo que ustedes harán como abogados, tiene que ver con libertad, seguridad económica o jurídica, viabilidad administrativa y un largo etcétera de situaciones.

En este capítulo, nos montaremos en el caballito de la planificación del texto (para escritura y oralidad son más o menos lo mismo, solo que en el ultimo se agregan otros factores que  ya hemos tratado...de tratar). Es el punto de partida, es aquí donde se comienza a gestar el acto de la escritura. 

Algunas consideraciones iniciales


·         La fase de planificación es poco conocida. Porque la mayoría cree que la redacción del texto se limita a poner las palabras en la hoja o en la pantalla del computador.


·         Esta etapa es escasamente valorada. Si de por sí la labor de escribir es por muchos subvalorada, dedicar un espacio a su planificación lo es más.


·         Por la razón anterior, se considera que la planificación es una pérdida de tiempo. ¿Para qué desperdiciar unos cuantos minutos en algo insustancial, cuando hay premura por entregar el texto, si a las seis van a cerrar el juzgado? No obstante, planificar sirve para ahorrar y distribuir el tiempo de que se dispone, ayuda a aclarar las ideas, diseñar un mapa con que guiarse. En últimas, permite establecer las características de la redacción.


·         La inspiración no es un requisito para escribir, no es cuestión de musas (ni menos de las otras). Ni siquiera es tan determinante para los escritores literarios. Truman Capote — uno de los más importantes escritores norteamericanos del siglo XX  afirmaba que la labor de un escritor consiste en cinco por ciento de inspiración y noventa y cinco por ciento de transpiración, es decir: la creatividad ocupa una mínima parte, mientras que el resto es trabajar y trabajar el texto (dos veces, para que no se confunda con frase de político). Escribir es un oficio como cualquier otro. Obviamente precisa de aprenderlo, practicarlo, perfeccionarlo, hacerlo propio.


·         El tiempo de que se dispone para escribir un texto casi siempre suele ser limitado. Pocos gozan de la posibilidad de contar con varios días o semanas para escribir. Y si se tiene en cuenta que hay otras actividades cotidianas por realizar, el tiempo restante resulta siendo más corto que el que se había supuesto. Además, bastante o escaso, con frecuencia también se hace mal uso de ese tiempo. Se deja para último momento la elaboración del texto, no se prevén la etapa de revisión o la de estructuración… No obstante, lo cierto es que distribuir el tiempo no es trabajar más, sino trabajar mejor.

Características de la redacción


Al emprender la tarea de redacción, es necesario establecer cuáles son las características del texto que se escribirá. No basta con conocer qué tema se va a tratar; se deben explorar otros aspectos que aclararán aún más el panorama. Tales aspectos son:

·        Destinatario

·        Finalidad  y objeto del escrito

·        Género textual

·        Papel de quien escribe

·        Extensión del escrito

·        Criterios de evaluación

 El destinatario

Es necesario determinar...

·         ... quién es. Seguramente, se sepa el nombre y el cargo de quien recibirá el texto. Pero se debe ir más allá: se debe procurar identificar sus rasgos sicológicos, su estilo de trabajo, etcétera. En otras palabras, y utilizando un concepto del mundo de la publicidad, se debe elaborar un perfil del consumidor, o un perfil del lector de nuestro texto. Claro está, en la medida de las posibilidades, pues en ocasiones es casi imposible hallar esta información. Sin embargo, entre tenerla y no tenerla, es más ventajoso lo primero.


·         ... por qué lo requiere. Siempre hay razones para solicitar o necesitar un documento, un informe, una carta. Algo se quiere o se necesita conocer. Si partimos del hecho de que escribimos para informar sobre algo, es porque tal información se necesita por alguna razón. Entonces es preciso establecer dicho motivo. Si se trata de la labor de convencimiento a un funcionario, con mayor razón debemos tenerlo más claro que el café de termo que venden en la terminal de transporte.


·         ... para qué lo empleará. Aunque parece lo mismo que el punto anterior, no lo es. Una cosa son las causas y otra, las finalidades. Por un lado, deseo dar a conocer cómo un problema afecta a una comunidad y, por el otro, el deseo es buscar ayuda para resolverlo. O un gerente solicita un informe respecto de equis situación, porque quiere saber qué ha sucedido, cómo se ha desarrollado, con el fin de (la finalidad) diseñar alternativas de solución. A veces, nada más que para poder viajar antes de que lo capturen, pero eso es otro tema.

Finalidad del escrito

 ·         Tenga claro qué se busca. Este punto está, obviamente, relacionado con el destinatario. Quizá puede ser ofrecer un producto de su oficina de abogados, o dar a conocer la evaluación de una situación para tomar alguna decisión, o solicitar un servicio, plantear una posición respecto de una problemática… Las finalidades son diversas, y están siempre presentes cuando se escribe.

·         Un texto puede tener uno o varios objetivos. Pero cuando son varios, habrá uno más relevante que los demás. Es preciso, entonces, determinar cuál es y, ante todo, no perderlo de vista durante todo el proceso, pues es el norte que marca el rumbo. Tenerlo claro es saber adónde se desea llegar; ignorarlo, tanto como salir de paseo sin un destino preciso.


 Género textual

·         Se debe establecer cuál se empleará, cuál se adapta mejor a lo que se busca. Para ello es menester conocer cuáles son los parámetros del género: no es lo mismo redactar un memorando que una carta, o un acta que un informe, o un artículo informativo que un ensayo. Cada uno tiene características particulares, formas de organización y presentación distintas. Por ejemplo, un acta describe, cuenta; un informe analiza, prevé consecuencias.

  

Papel de quién escribe


·         En la labor de redacción, quien la realiza asumirá siempre una posición: o bien una de carácter objetivo, o bien una subjetiva. No son excluyentes entre ellas, pues pueden estar presentes al mismo tiempo. Verbigracia, un acta describe lo sucedido en una situación o en una reunión; en ella prima la objetividad, que lo escrito sea lo más fiel a los hechos. En una columna  periodística de opinión, por el contrario, lo que importa es dar a conocer un punto de vista personal, sin importar —la mayoría de las veces— con qué argumento se cuenta. Mientras que en un ensayo académico, se expone una perspectiva personal, pero basándose en un análisis concienzudo de equis problemática.

·         La finalidad y el género del texto se constituyen para quien escribe en indicativos de cuál es la perspectiva que deberá asumir ante el texto. El reconocerlo le evitará tomar caminos demasiado difíciles de transitar o que tal vez no lo conduzcan a dónde quiera.

 Extensión del escrito

·         Además de los aspectos descritos, existen otros que determinan la extensión del texto. En cuanto a quien escribe, se debe contar con su disponibilidad de tiempo —pues habrán siempre otras actividades por realizar— y con su capacidad y rapidez para escribir —no todos disponen de las mismas competencias—.

·         Respecto del destinatario, como se indicó en su momento, se tendrá en cuenta para cuándo lo necesita, qué tanta información requiere en función de sus intereses y, aunque parezca superfluo, qué personalidad tiene, pues un individuo puede ser muy analítico y sereno o demasiado creativo y ansioso; este último quizá no soportaría leer un documento extenso, mientras que aquel, sí.

 

 Criterios de evaluación

 ·         Si el destinatario de un texto es un profesor, y en especial uno de escritura o redacción (mirá que coincidencia), quien lo elabora sabe con certeza que será evaluado. Es verdad que otro tipo de destinatario no lee un documento con la intención de dar un veredicto acerca de éste; lo que busca es enterarse de algo. Sin embargo, consciente o inconscientemente, siempre evalúa su calidad. Si la información no es comprensible, o no está debidamente organizada, o trata aspectos poco relevantes en relación con el tema previsto, o presenta errores gramaticales, de acentuación u ortográficos, su percepción será negativa, tal vez muy, muy negativa.

·         Habrá destinatarios más exigentes que otros, pero generalmente es difícil establecer quién lo es o quién no. Por consiguiente, lo mejor es considerar que el lector será un juez implacable del texto, que no dejará pasar ni el más mínimo error. Y es mejor así, porque el problema no radica sólo en que la percepción del documento sea negativa, sino que está en juego también la imagen de quien lo escribe.


FALACIAS:

AUNQUE YA TERMINÓ EL SEMESTRE, LA BÚSQUEDA NUNCA TERMINA. 
RECOMIENDO SEGUIR MUY DE CERCA EL TEMA DE 
LAS FALACIAS Y POR ESO DEJO LA INFORMACIÓN.

En las polémicas ocurre como en la medicina: nadie persigue los errores, sino los malos resultados.

 FALACIA:

Definición

Los argumentos sirven, como sabemos, para sostener la verdad (verosimilitud, conveniencia) de una conclusión. Con frecuencia, sin embargo, los construimos mal, con lo que su finalidad no se alcanza. También con frecuencia, empleamos argumentos aparentes con el fin de engañar, distraer al adversario o descalificarlo. A todas las formas de argumentación que encierran errores o persiguen fines espurios, los llamamos falacias. El término procede del latín fallatia, que significa engaño, y lo empleamos como sinónimo de sofisma, palabra que acuñaron los griegos para designar el argumento engañoso.

Ya se ve que la terminología es imprecisa porque mezcla errores de razonamiento (por ejemplo una generalización precipitada), con maniobras extra-argumentales (por ejemplo un ataque personal), e incluye también los falsos argumentos que se emplean con la intención de engañar o desviar la atención (por ejemplo la falacia ad ignorantiam, la pista falsa o las apelaciones emocionales). Todos tienen una cosa en común: adoptan la apariencia de un argumento e inducen a aceptar una proposición que no está debidamente justificada. Unas veces nos engaña nuestro juicio y otras las mañas de nuestro interlocutor.

Ocurre con las falacias como con los dioses del panteón greco-romano: son tantas y con parentescos tan embrollados que cualquier intento de clasificación resulta inútil. Desde que Aristóteles redactara sus Refutaciones Sofísticas hasta hoy, no han aparecido dos libros sobre esta materia que recogieran el mismo ordenamiento. Es mucho más fácil clasificar insectos porque plantean menos problemas conceptuales y están mejor definidos. Los fallos argumentales, por el contrario, son escurridizos y ubicuos: un mismo error puede constituir varios sofismas a la vez. Aquí no vamos ni siquiera a esbozar una clasificación. Nos limitaremos a exponer las falacias más frecuentes.

Las falacias con que tropezamos habitualmente se pueden atribuir a cuatro fuentes o tipos de error, de los que derivan todas:

         1. Abandonar la racionalidad.

          2. Eludir la cuestión en litigio.

          3. No respaldar lo que se afirma.

          4. Olvidos y confusiones.

              1. El abandono de la racionalidad.

    Se produce de varias maneras:

             - cuando nos negamos escuchar argumentos que pudieran obligarnos a modificar una opinión que estimamos irrenunciable, es decir, cuando no es­tamos dispuestos a ser convencidos. Así ocurre, por ejemplo en la Falacia ad baculum y en la Falacia ad verecundiam.

            - cuando disfrazamos la realidad con triquiñuelas como la Ambigüedad o las Preguntas múltiples.

           - cuando tomamos la exigencia de prueba como una cuestión personal y respondemos desviando la cuestión con un Ataque personal, o una Pista falsa.
            2. No discutir la cuestión en litigio.

   Lo más importante en cualquier discusión es saber de qué se discute. Son muy frecuentes los errores motivados porque se abandona (o permitimos que se abandone) la cuestión para introducir otro debate. Cuando esto sucede decimos que se incurre en una falacia de Eludir la cuestión. Se trata de una maniobra que caracteriza el Ataque personal, la falacia casuística, la Pista falsa y las apelaciones emocionales del Sofisma patético.

            3. No respaldar lo que se afirma.

 Quien sostiene una afirmación contrae dos obligaciones: no eludir la carga de la prueba y aportar razones suficientes. Se incurre en argumentación falaz tanto cuando no se sostiene lo que se afirma (falacias del Non sequitur, la Afirmación gratuita, o la Petición de principio), como cuando se traslada la carga de la prueba, que es el caso de la falacia ad ignorantiam.

             4. Olvidos y confusiones.

 Aquí se agrupan los fallos propiamente lógicos, aquellos en que olvidamos alternativas o confundimos conceptos. Si un jugador de ajedrez responde siempre con el primer movimiento que le viene a la cabeza, cometerá errores sin número por olvido de alternativas. Del mismo modo, si confunde un gambito con el enroque, tampoco llegará muy lejos.

El Olvido de alternativas es la madre de numerosas falacias y se da con muchísima frecuencia, por ejemplo en las generalizaciones y disyunciones.

La confusión de conceptos es otra madre de falacias y deriva de nuestros errores al diferenciar ideas como esencia y accidente, regla y excepción, todo y parte, absoluto y relativo, continuo y cambio, de lo que surgen las falacias del Accidente, del Secundum quid, de Composición, y del Continuum.

b. El ataque a la falacia

 Nos pasa con los sofismas lo que con los juegos de manos: aunque sabemos que hay un truco no podemos explicarlo. Cada sofisma, como veremos, requiere una respuesta peculiar, pero se pueden señalar algunas sugerencias generales.

            1. La mejor forma de combatir un mal argumento es dejar que se hunda solo. Para ello lo más sencillo es reconstruirlo en su forma estándar, con lo que sobresaldrán sus contradicciones o sus carencias.

             2. Lo peor que se puede hacer es emplear la palabra falacia o agitar latinajos. A nadie le gusta que le acusen de falaz. Es un término cuasi insultante que tal vez suscite algún arrepentimiento contrito pero que, generalmente, provoca un contraataque feroz e irracional que puede hundir el debate. Existen vías más sutiles para informar a los contrincantes de que han resbalado en su razonamiento. No merece la pena malgastar tiempo en una descripción técnica del error que, como los latines, no entenderá nadie. Es mejor limitarse a señalar el fallo en las premisas, la conclusión o la inferencia.

             3º. Siempre son muy eficaces los ejemplos, especialmente cuando son absurdos. Aquí hemos procurado facilitar una abundantísima munición que se puede utilizar como está o inspirarse en ella para fabricar otros.

             4º. Con mucha frecuencia un mismo error puede ser clasificado en diversos modelos de falacias. Determinado ataque personal, por ejemplo, pudiera considerarse como falacia ad hominem, ad con­secuentiam, ad verecundiam, ad populum, pista falsa, sofisma patético o apelación al tu quoque. No tendría sentido enumerarlas. Lo más eficaz es limitarse a denunciar aquélla que parezca más flagrante, esto es, más comprensible para la audiencia.

No recogemos todos los errores imaginables sino los que, por su frecuencia, han recibido un nombre, a veces en latín (prueba de su abolengo). No es preciso que uno se los aprenda. Lo importante es diferenciar los errores, aunque hemos de reconocer que las etiquetas ayudan a distinguir, comprender y, sobre todo, a conservar la memoria de las cosas.

Un buen argumento es el que:

 se atiene a la cuestión

ofrece razones sólidas.

está protegido ante refutaciones

Si cumple estas condiciones es bueno y su conclusión debe ser aceptada. Si no las cumple, probablemente es falaz.

1. ¿se atiene a la cuestión que se debate?

Argumentamos en el seno de una cuestión, a favor o en contra de una de sus alternativas Por ejemplo: el Jueves habrá eclipse de luna/el jueves no habrá eclipse de luna. Sé lo que defiendo: El Jueves habrá eclipse de Luna;  y sé lo que habrá que defender para negarme la razón: el jueves no habrá eclipse de luna.

 Sé qué es lo que defiendo: El jueves habrá eclipse de luna.

Y sé lo que habrá que defender para negarme la razón: el jueves no habrá eclipse de luna.

Mi conclusión no puede ir por otros derroteros. Si la cuestión no estuviera clara será preciso concretarla antes de exponer los argumentos:

 No se discute si Carlos es prudente o temerario sino si es el responsable del accidente o no lo es. Yo sostengo que no lo es.

Cuando alguien pretende argumentar fuera de la cuestión decimos que incurre en la falacia de eludir la cuestión.

2. ¿ofrece razones sólidas?

 Llamamos sólidas a las razones que sostienen la conclusión de una manera convincente. Para lograrlo, han de ser relevantes, suficientes y aceptables.

 a. ¿Son premisas relevantes para lo que se afirma o no tienen nada que ver con ello? Serán relevantes si conducen a la conclusión, si prestan apoyo a la conclusión.

 No se debe condenar a este asesino convicto y confeso porque su anciana madre no podría soportar tamaño disgusto.

Para evitar la condena del asesino pudiera ser relevante alegar que no es responsable de sus actos porque está loco. Por el contrario, apelar al dolor de su anciana madre, a que un día saldrá de la cárcel y tomará venganza, a que nos ha hecho un favor porque la víctima era un asesino peligrosísimo... son ejemplos típicos del sofisma patético que es una de las argucias más frecuentes para eludir la cuestión.

 Otros ejemplos de premisas irrelevantes son las falacias del ataque personal. (Por ejemplo: No reconozco a este tribunal fascista); de la pista falsa (los problemas de la juventud marginal no se resuelven a golpe de sentencias); la falacia populista (todos los vecinos de su barrio piensan que el acusado es inocente); la falacia genética (no es posible que el hijo de una santa sea un asesino); y todas las falacias del non sequitur en general, es decir, todas aquellas en que la conclusión no se sigue de las premisas:

Todos los mahometanos son infieles

Los budistas son infieles

Luego los budistas son mahometanos.

 
b. ¿Son premisas que aporten base suficiente para sostener la conclusión?

 Esto es muy importante en las generalizaciones, en los argumentos causales y en las pruebas de indicios que no admiten conclusiones válidas con pocos casos o a partir de anécdotas personales.

 Cuando los datos no ofrecen apoyo suficiente a la conclusión surgen falacias como la afirmación gratuita, la generalización precipitada o la falsa causa.

 En otros casos, por ejemplo en los argumentos morales y en las deliberaciones, es más difícil señalar cuándo un argumento reúne suficiente base para sostener la conclusión porque ninguno lo consigue. No existen premisas que prueben concluyentemente si el aborto es bueno o es malo o si debo estudiar medicina o famacia. En estos casos  lo que se procura es acumular muchos argumentos que, por distintos caminos (por distintas razones), abunden en la misma conclusión.

 c. ¿Son premisas aceptables o, si es necesario, tengo un respaldo que las sostenga?

 Este problema no se plantea cuando nuestros datos son objetivos o indiscutibles, pero esto no es lo frecuente. En la mayor parte de las ocasiones no debatimos con las evidencias en la mano. Ni siquiera es frecuente que aportemos premisas de las que se pueda decir que son verdaderas o falsas. La mayor parte de nuestros debates no se ocupa de la verdad  sino de lo justo, lo conveniente, lo preferible, lo probable... Por eso, ya que no suelen ser ciertas, es muy importante que nuestras premisas sean aceptables.

 Es aceptable o admisible, cualquier premisa que:

·        ofrezca datos objetivos.

·        exprese un conocimiento común o personal, un testimonio incontrovertido, el informe incontrovertido de un experto.

·        recoja la conclusión de un argumento ya aceptado.

·        pueda probarse, porque cuenta con un respaldo sólido.

Por el contrario, son inaceptables las siguientes premisas:

·        un juicio que esté en contradicción con la evidencia, con otro juicio bien fundado, con una fuente creíble, con nuestro propio conocimiento, o con otras premisas del mismo argumento,

·        un juicio dudoso que no lleve respaldo,

·        un juicio confuso, ambiguo o ininteligible.

·        un juicio idéntico a la conclusión o basado en un supuesto cuestionable.

·        un juicio que olvide alternativas

Con estas premisas inaceptables surgen las falacias de: ambigüedad, petición de principio, composición, división, continuum, olvido de alternativas, wishful thinking, etc.

3. ¿Son premisas que suministren un rechazo efectivo a los desafíos razonables al argumento?

 Si el argumento se atiene a la cuestión, sus premisas son  relevantes, ofrecen apoyo suficiente y son aceptables, el argumento está sólidamente preparado para resistir cualquier crítica. Pese a ello nos pueden atacar por no matizar la conclusión o no señalar las posibles salvedades. Debemos, pues, incluir estos aspectos:

¿Es una conclusión segura, probable, posible? ¿Es una afirmación tajante o una mera hipótesis?

¿Caben excepciones? ¿Hemos de hacer alguna salvedad referida a la fiabilidad de los respaldos o los cambios en las circunstancias?

De este modo se le obliga al adversario a limitarse a la defensa de su propia posición (si puede).

Resumen: Un buen argumento satisface cinco criterios:

Se atiene a la cuestión.
Ofrece razones:
relevantes
suficientes
aceptables

Matiza la conclusión

Señala posibles excepciones o salvedades


Si cumple estas condiciones es bueno y su conclusión debe ser aceptada.

Si no las cumple, probablemente es defectuoso o falaz.


La preparación de un argumento.



1. ¿Qué quiero probar?
_______________________________

2. ¿En qué me baso?

-Tengo estos datos:
_______________________________

Tengo esta garantía:
_______________________________
3. ¿Es un buen sostén para la conclusión? 

-¿Son premisas relevantes?

 
NO


-¿Son aceptables?

 
NO


-¿Ofrecen apoyo suficiente?

 
NO

4. ¿Necesita matices la conclusión? ¿Cuáles?
_______________________________

5. ¿Se ha considerado el tipo de evidencia que debilitaría o anularía el argumento? ¿Cuál?
_____



HAY MUCHAS FALACIAS Y VERSIONES DE FALACIAS, LO QUIE NOS INTERESA ES COMPRENDER SU IMPORTANCIA Y EL MECANISMO QUE LAS HACE. 

Falacia del ANTECEDENTE

Se comete cuando en un argumento condicional se niega el antecedente. Por ejemplo:

Si es madrileño, es español

El Cid no es madrileño.

Luego El Cid no es español.

Se ha señalado como condición para ser español la de ser madrileño. Bien se ve que se trata de una condición suficiente, es decir, compatible con otras igualmente suficientes: se puede ser español por muchos caminos. Pero lo que nos impide argumentar negando tal condición es que no es necesaria: se puede ser español sin ser madrileño. Si lo fuera tendría valor negarla. La falacia consiste, precisamente en tratar una condición suficiente como si fuera una condición necesaria.

Al negar una condición suficiente no cabe concluir nada. El consecuente puede darse gracias a otras condiciones igualmente suficientes. El juicio condicional se limita a señalar que, si se cumple una condición, estamos autorizados para afirmar algo, pero no autoriza nada en otros supuestos.

Si se convoca una huelga de autobuses tendremos problemas de tráfico.
NO han convocado la huelga,
Luego no tendremos problemas de tráfico.

¡Qué más quisiéramos! Pueden producirse atascos circulatorios por otras razones. El argumento sería correcto si concluyera como Pero Grullo: no tendremos problemas de tráfico a causa de la huelga de autobuses.

En esquema:

Si A, entonces B

X no es A

Luego X no es B


Si alguien toma cianuro, se morirá.
La abuela no ha tomado cianuro,
Luego no morirá.

Falacia del SECUNDUM QUID  o falacia por mala aplicación de una regla, o falacia del mal uso de una generalización

 Se comete al aplicar rígidamente una regla como si no existieran excepciones. Olvida este sofisma que, en determinado caso particular, puede darse alguna circunstancia especial que haga la regla inaplicable o aconseje no aplicarla.[1]

           — ¿Porqué no arrebató usted el arma al suicida?

          — Porque era suya. ¿Con qué derecho podía yo quitársela?

 Estima como afirmaciones absolutas (en las que no caben excepciones) las reglas generales, y considera que admitir la existencia de una excepción quiebra la regla. Confunde lo absoluto con lo relativo. Pongamos el prin­cipio: no matarás. Si se toma como una regla general, significa que caben excepciones:

              No se debe matar (en general), salvo en circunstancias excepcionales.

 Si se toma de forma absoluta, significa que no caben excepciones:

              No se debe matar (en ningún caso), sin excepciones.

 La primera interpretación considera la regla como una orientación que se elude en situaciones atípicas. La segunda lo entiende de una manera rígida. Quien plantee el principio de esta forma lo aplicará incorrectamente en aquellos casos en que matar pudiera estar justificado, por ejemplo, en legítima defensa. Sostendrá que si se acepta la excepción se quiebra la regla: ¡para eso mejor suprimir la regla! Así, pues, quien incurre en esta falacia comete dos errores:

          1. confunde una regla general, abierta a excepciones, con una regla absoluta.

              2. olvida que las excepciones no anulan la regla.


            1. Confunde:

             Todo S es probablemente P

           Con:

            Todo S es necesariamente P

que son los esquemas correspondientes de las generalizaciones presuntivas y absolutas. Las normas expresan generalizaciones abiertas: ni bajan del Sinaí, ni están fundidas en bronce, ni carecen de excepciones: como norma, en general, no se debe matar.

            2. Olvida que las excepciones no anulan una regla general. Es de sentido común que una regla absoluta, sólo se puede rechazar absolutamente:

             Esto es necesariamente cierto (o aplicable al caso) porque no existen excepciones/esto no es necesariamente cierto, porque existen excepciones.

   Por el contrario, las cosas que se afirman en general, solamente se rechazan en general:

              Esto es cierto (u obligatorio) en general, para la mayoría de las situaciones/esto no es cierto en general para la mayoría de las situaciones.

 Las reglas absolutas valen para todos y para cada uno de los individuos. Las reglas generales valen para todos pero no ponen la mano en el fuego sobre lo que pueda ocurrir con los casos individuales, porque no saben cuándo tropezarán con las excepciones.

           Pantagruel- Nada hay peor que pedir o prestar. No quiero inferir de aquí que jamás sea lícito deber y prestar. Nadie es tan rico que alguna vez no deba. Nadie es tan pobre que alguna vez no pueda prestar. 

Tomar en cuenta circunstancias excepcionales, atípicas, no significa que matar se haga bueno, o que podamos tomar las normas a beneficio de inven­tario, sino que tales circunstancias pueden modificar nuestras valoraciones. Claro está que las excepciones deben justificarse. Por ejemplo, sea el principio: Todo el mundo tiene derecho al uso de su propiedad. No carece de excep­ciones: que la propiedad sea un automóvil y el propietario esté ebrio; que la propiedad sea un arma y el propietario un suicida. No es bueno mentir vale como principio, pero está jus­tificada la mentira al enemigo o a la vecina cotilla. La libertad de palabra no autoriza a gritar ¡fuego! en un teatro lleno. No se debe ir­rum­pir en una propiedad ajena, pero en un caso de vida o muerte, nadie reprochará a quien entre en una casa rompiendo la ventana para llamar por teléfono. Se deben administrar antibióticos en una pul­monía, siempre y cuando no es­temos ante un caso de alergia a los an­tibióticos. No precisaríamos jueces si las leyes pudieran administrarse automáticamente. Llamamos huelga de celo a la aplicación rígida de un reglamento. El sentido común exige que todo razonamiento presuntivo esté abierto a cam­bios en la situación y al reconocimiento de circunstancias excepcionales.

Tengo orden de leer toda la correspondencia de Su Majestad, pero procuro no abrir las cartas de su amante, y nunca me han reñido por esta negligencia. BERNARD SHAW.[2]

No es razonable aplicar las reglas generales de manera rígida, menospreciando las limitaciones que puede reclamar un caso concreto, porque podemos caer con facilidad en el absurdo:

— ¡Desgraciada! dijo la abadesa. Si te estaban violando en el dormitorio, ¿por qué no gritaste pidiendo socorro? Todas hubiésemos acudido en tu ayuda.

— No me atreví, porque en el dormitorio hay que guardar silencio absoluto. 

No es posible aplicar las estadísticas rígidamente:

             No es verdad que cada matrimonio tenga 1,5 hijos. Los Montenegro tienen 6. Esa regla no funciona.

 El mismo caso se da cuando aplicamos una regla por analogía menospreciando las diferencias (excepciones):

              Si no se puede gritar en la escuela, tampoco en el patio.

 Al fin y al cabo, las analogías no afirman que dos cosas sean iguales en todo, sino en cierto aspecto, en cierto sentido, a determinados efectos.

El nombre, secundum quid que traducimos respecto a algo, nos viene de que, como decía Aristóteles, no es lo mismo afirmar algo sin más, en general, que decirlo respecto a algo particular

Hay cosas que siendo ciertas en general pueden ser falsas en algún aspecto, en algún lugar, en alguna ocasión. Es justo obedecer a los superiores, pero no es justo hacerlo cuando ordenan algo malo. La riqueza es un bien, en general, y puede ser un mal, en particular, para el insensato que no sabe administrarla. Así, pues, tenemos cosas que son aparentemente contradictorias: obedecer puede ser justo e injusto; la riqueza puede ser buena y mala. No existe tal contradicción si sabemos distinguir lo que se afirma sin más, sin detenernos en las circunstancias, de lo que se dice respecto a algo concreto. Porque no hablamos de las mismas cosas: es verdad que mi coche es blanco, pero en algún aspecto (las ruedas) es negro. Eso no significa que mi coche, en conjunto, en general, sea blanco y negro al mismo tiempo.

              Nada impide que siendo algo un bien sin más, no sea un bien para tal individuo o que sí lo sea pero no ahora ni aquí. Aristóteles.

 Pues bien, quien olvida o desprecia esta diferencia incurre en la Falacia del secundum quid. No toma en cuenta los requisitos tácitos que invalidarían el uso de una generalización.

Para combatir este sofisma, lo primero que precisamos es no mencionar­lo. No diremos: ¡Está usted incurriendo en una falacia del secun­dum quid! Si nos expresamos de esta manera, nuestro adversario quedará perturbadísimo pero no habremos ganado ni un ápice de razón porque nadie nos entenderá. Es más eficaz explicar en qué consiste una regla general y cómo es posible que aparezcan excepciones. Aceptado esto, será más sencillo hacer ver que estamos ante un situación atípica en la que no cabe aplicar la regla rígidamente porque lo impiden razones específicas del caso, tal vez valores superiores, que entran en conflicto con la regla. Si con esto no basta, podemos utilizar alguno de los absurdos ejemplos precedentes, que para eso están. Tal vez no logremos convencer a nuestro empecinado contrincante, pero el auditorio nos dará la razón.

 En resumen, la falacia del secundum quid o del mal uso de una generalización, consiste en olvidar que una regla general puede no ser aplicable en situaciones atípicas o excepcionales. Como es sabido, las malas generalizaciones exageran, enfatizan, los casos atípicos (no representativos), con los cuales pretenden erigir reglas válidas. En la Falacia del secundum quid ocurre lo contrario: se menosprecian los casos atípicos.

           — Las aves vuelan y esto es un ave, luego esto vuela.

          — Oiga, que es un avestruz.

          — Me da igual; no sea usted ilógico; ¿no acabamos de aceptar que las aves vuelan?

Ya que esta falacia se refiere a circunstancias inhabituales o accidentales, podemos considerarla como una variedad de la falacia del Accidente.

 Otras falacias que acompañan a las generalizaciones son: Generalización precipitada, Conclusión desmesurada, Falacia casuística, Falacia del embudo.

Falacias del ATAQUE PERSONAL

Grupo de falacias que desvían la atención del asunto que se discute hacia la persona del adversario o sus circunstancias.

    Cuando se trata, como es habitual, de sostener afirmaciones indemostrables o decisiones basadas en conjeturas, cobra extraordinario valor persuasivo el prestigio de la persona que da el consejo o hace la propuesta. En los casos dudosos (es decir, en la mayoría), concedemos la razón con más facilidad a aquellos en quienes confiamos, sean médicos, asesores fiscales, fabricantes de quesitos en porciones, o políticos. Más del 80% de la persuasión nace de la confianza que inspire el consejero.

             Un razonamiento que procede de gente sin fama y el mismo, pero que viene de gente famosa, no tienen igual fuerza.[1]

  Ahí radica la fortaleza de un político, pero también su punto vulnerable. La difamación es tan frecuente en la vida pública por­que los políticos comprenden instintivamente la necesidad de arruinar el crédito moral de sus adversarios. En un dirigente sin prestigio los argumentos parecerán argucias, las emociones farsa, y la sinceridad, hipocresía. De aquí procede un componente inevitable de la acción política: la batalla por la imagen propia y el desprestigio de la ajena que, a veces, convierte las locuciones públicas en simples variaciones de un único mensaje sustancial: yo propongo lo más justo y mi oponente es un felón.

    Hay dos argumentos falaces o pseudoargumentos que atacan directamente al adversario: la Falacia ad hominem y la Falacia del Muñeco de paja. Son pseudoargumentos porque ninguno refuta las afirmaciones del contrincante. El primero se limita a descalificarlo como persona y el segundo forja un oponente imaginario fácil de tumbar. Son también, como se ve, ejemplos de la Elusión de la carga de la prueba.

Falacia de FALSA AUTORIDAD
La Falacia de Falsa Autoridad consiste en apelar a una autoridad que carece de valor por no ser  concreta, competente, imparcial,  o estar tergiversada.

Estos cereales son mejores, porque los anuncia la tele.

Debe ser bueno votar a Bush, porque lo apoya Julio Iglesias.

Muchos anuncios farmacéuticos nos muestran un señor con bata blanca que parece un médico y no lo es, pero que da consejos como si lo fuera. Estamos ante una autoridad inconcreta, incompetente e inexistente. Hasta el más honrado de los humanos cuando discute en familia se inventa autoridades que le salven del naufragio dialéctico: un maestro, un libro, el primo de la suegra del ministro, etc. y, si cuela, cuela.

 Sganarelle— Hipócrates dice que los dos nos cubramos.

Geronte— ¿Dice eso Hipócrates?

Sganarelle— Sí.

Geronte— ¿En qué capítulo, por favor?

Sganarelle— En el capítulo de los sombreros.[1]

 Las características de esta falacia son dos: el empleo de una falsa autoridad y el afán de engañar. De no ser por esto último, podríamos con­siderarla como un argumento flojo que no cumple los requisitos exigibles a cualquier autoridad. La diferencia se aprecia en cuanto solicitamos información acerca de ella. Si el argumento es débil se nos confesará que no se dispone de tal infor­mación. Si el argumento es falaz, las preguntas quedarán sin respuesta, como si no hubieran sido oídas o, más comúnmente, serán contestadas con evasivas.

 En resumen, estamos ante un engaño que pretende ocultar la debilidad del argumento. Podemos defendernos reclamando la información que se nos niega, porque en esta sofisma, a diferencia de lo que ocurre en la falacia ad verecun­diam, nadie nos coacciona. El argumentador falaz intenta explotar nuestra ignorancia o nuestro conformismo, pero no es obligado que lo consiga, puesto que nada nos prohíbe desnudar la indigencia de sus aseveraciones. Por el contrario, cuando se pretende cerrar el paso a cualquier crítica mediante expresiones como: necesariamente, ciertamente, indiscutiblemente, sin duda, obviamente, como saben hasta los niños, etc, todas las cuales in­sinúan lo inadecuado, estúpido o insolente que pudiera parecer cualquier duda sobre el argumento, estamos ante un en­gaño de tinte dogmático al que llamamos falacia ad verecundiam.

 Las falacias de autoridad se alinean entre las artimañanas que sirven para eludir la carga de la prueba, es decir, la obligación de aportar datos que sosten­gan nuestras afir­maciones.

             Conviene no olvidar que una autoridad parcial puede tener razón. Esto es muy importante. Si rechazamos su razón pretextando su parcialidad, incurrimos en una falacia ad hominem.

Argumentum ad BACULUM,

también llamado Recurso a la fuerza, Argumento ad terrorem, Apelación al miedo

                 Si A no es B, usted se va a enterar
           Luego más le vale que A sea B

    La expresión ad baculum significa "al bastón" y se refiere al intento de apelar a la fuerza, en lugar de dar razones, para establecer una verdad o inducir una conducta. La denominación es irónica, puesto que no existe tal argumento: se reemplaza la razón por el miedo. Su empleo exige dos requisitos: carecer de argumentos y disfrutar de algún poder. Representa, con el insulto, la expresión extrema de la renuncia al uso de cualquier razonamiento.

             En la asamblea, mientras Espendio y Matos hablaban, todos escuchaban y prestaban solícita atención a lo que se decía. Pero si algún otro se acercaba a expresar su opinión, al momento, sin escucharlo, le tiraban piedras hasta matarlo (...) El resultado fue que, como nadie se atrevió ya por tal motivo a expresar su opinión, nombraron generales a Matos y Espendio. Polibio.

    Es un procedimiento frecuentísimo:

            Mira Laura, tú necesitas este empleo y yo necesito una secretaria cariñosa, así que será mejor que nos entendamos.

              Escuche guardia, ya sé que me he saltado el Stop, pero usted no sabe con quién está hablando. Me parece que a usted no le gusta mucho su empleo. Yo miraría más por mi familia. Si usted me pone la multa tendré que hablar con sus jefes...

    Generalmente las amenazas no se expresan literalmente. Son más eficaces cuanto más veladas. Basta con evocar la posibilidad de que se produzcan consecuencias desagradables para quien no se deja convencer.

             - Y conste que yo sostendré esto en todos los terrenos. ¡En todos los terrenos! Y repetía lo del terreno cinco o seis veces para que el otro se fijara en el tropo y en el garrote y se diera por vencido.

    A veces se insinúan las amenazas tan sutilmente que, llegado el caso, puedan negarse con toda energía, alegando que uno ha sido malinterpretado o, más frecuentemente, que no se trata de una amenaza sino de una mera información que pretende ser útil al destinatario y ayudarle a ponderar sus propias decisiones. No cabe ninguna duda de que está a punto de surgir una falacia ad baculum cuando alguien, utilizando la excusatio non petita, advierte que no pretende forzar a su interlocutor:

           Por supuesto, usted es libre de hacer lo que le parezca mejor... pero usted es consciente de que nuestro Banco es uno de los principales anunciantes de su periódico y estoy seguro de que no desea perjudicarnos publicando ese artículo.

   No consiste la falacia en apelar al miedo, sino en hacerlo para sostener una conclusión o decidir una conducta sin alegar razones. Por supuesto, quien ejerce una autoridad normativa (la del que manda), no precisa recurrir a razonamientos para hacerse obedecer porque generalmente está legítimado para castigar la desobediencia indebida. Tampoco es falaz quien nos advierte de un peligro real ajeno a su voluntad. Si nuestro dentista insiste en que nos cepillemos más los dientes o de lo contrario acabaremos sin muelas, sin duda apela al miedo. Sin intención falaz de ninguna clase, nos muestra consecuencias naturales, previsibles, demostrables, para que conozcamos todas las posibilidades que pueden determinar nuestras decisiones. El dentista no piensa intervenir en el proceso; no pretende provocar las consecuencias desagradables.

Haga usted lo que guste, Mawnsey, pero si vota en contra nuestra, compraré mis ultramarinos en otro sitio: cuando pongo azúcar al té me gusta sentir que hago un beneficio al país manteniendo a comerciantes que están del lado de la justicia.[2]

Esta es una falacia que se padece desde una posición de debilidad y que no se puede rebatir racionalmente. En el mejor de los casos cabe preguntar si, además del poder, existe algún fundamento para creer que lo que se nos impone es razonable.

              A menudo se dice que la fuerza no es ningún argumento. Sin embargo, eso depende de qué es lo que se quiera probar. Wilde.

     Véase también el Sofisma Patético.

Falacia de ELUDIR LA CARGA (o responsabilidad) DE LA PRUEBA

Consiste en no aportar razones que fundamenten la conclusión o en pretender que las aporte el oponente.

                       Dice y no da razón de lo que dice (Fray Luis de León).

   Expresión máxima de esta falacia es la sordera mental de quien se niega a razonar:

             Sobre la cuestión del divorcio no quiero ni oír hablar. Como te he dicho, creo que el vínculo del matrimonio es indivisible y punto.

    La expresión carga de la prueba procede del campo jurídico y se expresa en el brocardo: Probat qui dicit non qui negat o, como dicen en las películas americanas: Quien sostiene algo debe probarlo más allá de toda duda razonable.

   Es una falacia principal, madre o componente de otras muchas: Afirmación gratuita, argumento ad ignorantiam, sofisma patético, Ataque personal, falacia populista, recurso al Tu quoque, falacia ad verecundiam.

Falacia del EMBUDO o del Caso especial
 Consiste en rechazar la aplicación de una regla apelando a excepciones infundadas.

           — ¿Por qué ha pasado ese señor saltándose la cola?

          — Es primo del conserje.

       Se utiliza con frecuencia como una pura ley del embudo, para cimentar la excepción o alegar privilegios cuando se trata de aplicar una regla que nadie discute. La falacia consiste en apelar a una excepción no justificada. Es un recurso habitual de los políticos a la hora de juzgar a sus adversarios o de rechazar el recurso al tu quoque (no me critiques por lo que tú mismo haces).

             — Tú también lo haces.

            — Sí, pero mi caso es distinto.

    La mejor forma de atacar esta falacia, y la primera que nos viene a la cabeza, consiste en reprochar al oponente por utilizar una doble vara de medir, una doble moral, o, en general, ser contradictorio. A nadie le agrada una acusación en estos términos. Si, pese a esto, nuestro interlocutor no se siente movido a justificar la excepción que reclama, exigiremos las razones por las que debe recibir un trato diferente del que reciben los demás, o por las que no deba ser aplicada la regla general en su caso. Por supuesto que no le faltarán razones. Lo que importa es si las que aporte justifican su posición. Ante adversarios especialmente recalcitrantes, podemos comparar su exigencia con un ejemplo absurdo:

              Voy a pedir que no me cobren este año el IRPF, porque mi caso no es como el de todos. Necesito ese dinero para otras cosas.


Otras falacias que acompañan a las generalizaciones son: Generalización precipitada, Conclusión desmesurada, Falacia casuística, Falacia del Secundum quid.